María, Vicenta; León, por la izquierda.
León. (En la puerta, gozoso, gallardo, descubriéndose.) Saludo a María, estrella de la mañana, torre de marfil, asiento de la sabiduría.[225]
María. Ora pro nobis. (Riendo.) ¡Cómo viene hoy! (Ocupa su sitio en la mesa.)
Vicenta. (Aparte.) ¡Jesús, qué saludos tan poéticos usa este hombre carbonífero!
León. Señora Alcaldesa, Dios la guarde. (A María.)[230] Hoy, más que ningún día, anhelaba yo venir a tomar sus órdenes.
Vicenta. (Aparte.) ¡Y entra aquí como en su casa! Pues yo no me voy sin enterarme... (Retirándose a la izquierda.)[235]
María. No se aparte usted, Vicenta. Todo lo que hablemos León y yo puede usted oírlo.
León. Tratamos de negocios. (Saca una voluminosa cartera y la pone en la mesa.) Señora Alcaldesa, acérquese usted. Aquí no hay secreto, porque los arrebatos[240] de mi admiración por esta señorita sin par, de nadie los recato... quiero que sean públicos.
Vicenta. Y lo serán... Ya empiezan a serlo.
María. Vaya, vaya, tenga juicio.