Vicenta. (Maliciosa.) Creo haber oído... que[245] María debe a usted sus conocimientos mercantiles.

León. No merezco el honor de llamarme su maestro. Si esto se dice, será porque algún ejemplo de mi azarosa vida le sirvió de lección saludable. De aquellos ejemplos ha sacado su ciencia; de su ciencia, sus triunfos y la[250] reparación de su casa y familia.

Vicenta. ¿Es cierto, amiga mía?

María. Cierto será cuando él lo dice, Vicenta.

Vicenta. Bien. (A León con picardía.) Sabe mucho su alumna.[255]

León. ¡Que si sabe! (Observando a María, que sonríe.) Vea usted esos ojos, que penetran en toda la realidad humana.

Vicenta. ¡Los ojos!... Ésa es la ciencia que a usted le fascina, señor mío.[260]

María. No le haga usted caso, Vicenta. Hoy le desconozco: el hombre más aplomado y más sereno del mundo, se nos presenta como un cadete sin juicio... ¿Qué le pasa a usted hoy?

León. Me pasa... Pues verá usted: hoy he despertado[265] con una idea luminosa, que repentinamente brotó en mí como una inspiración. Pensé...

María. (Con gran interés, levantándose y pasando al centro.) ¿A ver, qué ha pensado el hombre?