León. Muy sencillo... Pienso... como si Dios murmurara[270] en mi alma... pienso que después de tanto penar, después del largo espacio de soledad y afanes en mi trabajosa vida, ya merezco el descanso, la alegría. Acábese mi Purgatorio y denme el Cielo, que ya tengo bien ganado.[275]

Vicenta. ¿Y quién es usted para decir y afirmar que lo merece ya?

María. Eso sólo Dios lo decide.

León. Pues... a eso voy. Creo que Dios ha decidido mi indulto.[280]

María. ¿En qué se funda para creerlo así?

León. En que... hoy, hoy ha dispuesto Dios... algo que estimula mis esperanzas. Y al hacerlo así, me ha dicho...

Vicenta. ¿Dios?... ¿Pero habla Dios con los[285] comerciantes?

León. Alguna vez... Pues me ha dicho... «Pobre alma, acábese tu suplicio... ven... llama a la puerta de mi Cielo... No faltará un ángel que te abra...»

Vicenta. ¿Y ha llamado usted?[290]

León. Voy a llamar.