María. Voy con Vicenta a casa de Josefita.[490]

Don Pedro. Ya... Pues vete, vete.

Filomena. ¿Volverás pronto?

María. (En el ángulo de la derecha, quitándose el delantal.) En seguida... Dime, papaíto: de las remesas de esperanzas que te hace mi hermano, ¿ha resultado[495] algo positivo?

Don Pedro. (Con tristeza.) Nada, hija mía.

María. Ya ves que ni le han hecho diputado, ni le ha salido aquel negocio, ni nada...

Filomena. Pero en su última carta nos dice, con[500] cierto misterio, que no tardarán en despejarse los horizontes.

María. (Arreglándose.) No os fiéis de horizontes, ni de las nubes esperéis nada bueno. Miradme a mí, que quiero ser vuestro cielo, y más aun vuestra tierra. Dejadme[505] que os gobierne, que os cuide, que os alimente... Sed modestos, sencillos, y no soñéis con grandezas alcanzadas por arte de magia. (Vuelve al centro ya vestida, el sombrero en la mano.) Mil veces os lo he dicho y hoy os lo repito. El noble arruinado no debe obstinarse en[510] aparentar la posición perdida. Hágase cuenta de que se ha caído de la altura social, y al caer... naturalmente... cae en el pueblo... en el pueblo de donde todo sale y a donde todo vuelve.

Don Pedro. ¿Pueblo nosotros?... Shocking.[515]

María. (Expresión de incredulidad y burla en el Marqués y Filomena.) ¿No lo creéis, dudáis?... Pues no dudéis nunca del amor ni de la abnegación de vuestra hija.