Don Pedro. Hijita del alma, los ratos que nos roban tus quehaceres nos parecen siglos.

Filomena. Y siglos de tristeza, porque debemos[470] decirte...

Don Rafael. ¿Qué?... ¿Ya empiezan a reñirla?

Don Pedro. ¿Quién habla de reñir? Adorada Mariucha, tus ideas de mujer entendida y laboriosa han sido el remedio de nuestra desdicha. Pero...[475]

Filomena. Te agradecemos en el alma lo primero que hiciste por nosotros...

Don Pedro. La venta de tu ropa de lujo nos pareció un rasgo de cariño filial. Lo demás...

María. ¿Lo demás, qué...?[480]

Don Rafael. Lo diré yo. Es que no pueden habituarse... cuestión de sangre, de nacimiento... no se acomodan a estos menesteres mercantiles.

María. Bah, bah. (Acariciándoles.) Por Dios, queridos papás, reflexionad en lo que consumimos; y si[485] habéis pensado mejor arbitrio para vivir decorosamente, decídmelo... Pero ahora no. (Impaciente.) Estoy de prisa.

Filomena. ¿Tienes que salir?