León. La amé por su abnegación, por su piedad filial,[105] por la valentía que desplegaba en aquella lucha... la amé también por su belleza... todo hay que decirlo...
Don Rafael. Naturalmente... Si fuera un coco de fea, todo eso de la abnegación y de la valentía habría sido música...[110]
León. La amé por su talento incomparable, por esa dignidad, unida a la gracia...
Don Rafael. (Moderando el entusiasmo descriptivo de León.) Bueno, bueno. Bien a la vista está su mérito...[115]
León. Yo bien sé que no la merezco: ella es grande; yo, aunque también de padres ilustres, soy un infeliz hombre, atado a un bajo comercio. A la presente condición humilde he venido por mis errores de otros días, de días muy lejanos, don Rafael. (Con viveza y calor.)[120] Aberraciones de las que ya estoy corregido, radicalmente corregido, bien lo sabe usted. Abierta está mi alma a los ojos de Dios. Los de usted también han entrado en ella...
María. (Sin acercarse.) Créalo, don Rafael, si cree[125] en mí.
Don Rafael. Creo... Su enmienda y reforma no son nuevas para mí.
León. María conoce mi amor. Yo adivino el suyo. Si ella y Dios me deparan la dicha inefable de llamarla[130] mi esposa, creeré que esto no es la Tierra, sino el Cielo.
Don Rafael. Tierra es, y bien dura y triste... valle de lágrimas. (Suspirando.) Bien. Ya puede usted acercarse, María, y decirme... (María se acerca, los ojos bajos.) aunque casi no es preciso...[135]
María. (Con modestia.) Le quiero por su inteligencia, por sus desgracias, por el inmenso esfuerzo moral que significa su regeneración, consumada por él mismo, solo con su conciencia. Por esto, y por gratitud, le quiero, y decidida estoy... a... (Vergonzosa, enmudece.)[140]