Don Rafael. Acabe, hija... Ya, para lo que falta...

León. ¡Oh, júbilo inmenso! (Con vivo entusiasmo, abrazando a don Rafael.) Déjeme usted que le abrace...

Don Rafael. Apriete, apriete. Ya puede estar orgulloso. (Con pesimismo.) Pero...[145]

María. ¿Pero qué...? (Vivamente, atacándole por un lado.) Usted no nos abandona; usted hace suya nuestra causa.

León. (Atacándole por el otro lado.) Usted sabe dar a Dios lo divino, lo humano a los hombres.[150]

Don Rafael. (Apartándoles.) Sí, sí: sé todo eso... pero sé también que contra ese afecto... todo lo santo y noble que se quiera... se alza un poder tiránico, incontrastable.

María. ¿Pero nada significa nuestra voluntad?[155]

León. ¿Manifestada ante la religión, ante usted?

Don Rafael. ¡Dios Uno y Trino, que no pueda yo...! Si por la religión se resolviera... pronto os arreglaría yo... (Con ademán de bendecir.) Pero el mundo ha venido a parar a un enredo, a una confusión tal de[160] todas las cosas, por el sin fin de leyes, preocupaciones, prácticas y corruptelas, que vuestra noble aspiración no podrá escapar, no, de la inmensa red... Sucumbiréis, sucumbiremos, hijos míos... Debo deciros todo lo que sé... que es muy grave. (Ambos se aproximan, ansiosos.)[165]

María. Sé que viene mi hermano en la disposición más hostil...