León. Nos juramos eterno amor, fidelidad constante...
María. Mutuo auxilio en las tribulaciones. Juramos hacer de nuestras existencias una sola. (Continúa el crescendo de las campanas. Se agregan las notas graves[260] de la iglesia de la Misericordia y de San Pedro, próximas, y la del Cristo, que está en escena.)
León. Juramos morir antes que renunciar a nuestra unión santa.
María. Juramos, y así lo declaramos ante Dios y[265] ante su ministro. (Llega al máximum de intensidad el concierto de campanas. Pausa de recogimiento religioso y solemne. Las voces de María y León expiran entre las vibraciones del metal... El campaneo se va extinguiendo gradualmente por el silencio de las más próximas, sonando[270] las más lejanas, hasta que sólo se oigan las lejanísimas.)
Don Rafael. (Quedándose como en éxtasis, orando.) Hijos míos, dijérase que sobre vosotros ha descendido una suprema bendición...
León. Ya estamos unidos.[275]
Don Rafael. (Asustado.) No, no: todavía no.
León. (Con gran entusiasmo y efusión.) En el Cielo ha sonado ese himno...
María. Trae a nuestras almas toda la alegría del Universo.[280]
Don Rafael. (Asustadizo.) No, no creáis eso: no os alucinéis. Es la procesión de la Virgen, que pasa por la calzada del Refugio... No estáis unidos, ni sé si llegaréis a estarlo en forma. (Con viva emoción.) Hijos míos, el Cielo está con vosotros, la tierra no.[285]