León. Yo seré el perseguido.
Don Rafael. El vilipendiado, el encarcelado tal vez... (Óyese repique de campanas, lejano, al cual se[230] unen pronto otros sonidos de campanas más próximas, de timbre diferente.)
María. ¿Por qué delito?
León. Por el viejo: por mis locuras de hace años en Madrid.[235]
Don Rafael. Ayer estuvo Bravito en el Juzgado buscando un exhorto que, según él, debió venir hace dos años, y quedó sin cumplimiento.
León. No encontrarán exhorto. ¿Mas para qué lo necesitan? Harán lo que quieran.[240]
Don Rafael. Asegura Bravo que el Duque de Agramante traerá de Madrid todo el artificio legal bien preparado.
María. Que traiga lo que quiera. (Animosa.) Contra tales armas, levantaremos la verdad inexpugnable.[245]
León. Y nuestras voluntades firmísimas: somos de hierro.
María. Somos de bronce. (Con grave acento uno y otro, dando a sus declaraciones gran solemnidad.) Aquí, ante nuestro pastor de almas, hacemos juramento solemne[250] de ser el uno para el otro, por encima de toda tiranía, de todo poder, sea el que fuere. (Se dan las manos. El son de campanas aumenta en intensidad por agregarse notas más cercanas, agudas y graves, que armonizan con las primeras.)[255]