Don Rafael. En mi casa.
Alcalde. Dijéronme que avanzó monte arriba largo[10] trecho...
Don Rafael. Desolada, quería ser como fiera vagabunda del bosque. Yo no podía seguirla. La reduje al fin... Los padres, en cuanto se enteraron de que estaba en mi casa, corrieron allá. Escena de lágrimas... desmayo[15] de Filomena, pucheros del papá... Pero Mariucha inflexible. Se ha encastillado en su potente voluntad, y cualquiera la rinde.
Alcalde. ¡Contentos están de usted los Marqueses y don Cesáreo![20]
Don Rafael. Ya, ya... Si a todo trance querían someter a María por el terror, y martirizarla en su propia casa o en un convento, valiéranse de otros de mi oficio, que los hay, vaya si los hay, dispuestos para eso y para mucho más; pero este Cura no es de esa cuerda...[25]
Alcalde. ¡Qué demonio! D. Cesáreo ha de mirar por el decoro de la familia, por el lustre de su nombre.
Don Rafael. (Burlón.) ¡Mucho, mucho! Lustre nuevo a cosas viejas, y barnizar con oro y púrpura las grandezas podridas...[30]
Alcalde. Reconozcamos que la posición que tendrá don Cesáreo dentro de unos días le dará un poder formidable...
Don Rafael. ¡Malditas posiciones, que son como los castillos roqueros de antaño, de donde sale toda asolación[35] de pueblos, todo el atropello y vejámenes de personas!
Alcalde. Pero fíjese usted... Si Mariquita se sale con la suya... Lo que yo digo...