León. No desisto. Persígueme sin piedad. Cualquiera que sea mi situación, amaré a tu hermana...

Cesáreo. (Sin quitar de él los ojos.) Con amor de ensueño nada más.[225]

León. Con el amor que siento ahora, el cual no se satisface sino haciéndola mía para siempre.

Cesáreo. (Airado.) Te prohíbo nombrar a mi hermana.

León. ¡Si su nombre está siempre en mí, cuando[230] no en mis labios, en mi pensamiento! ¡Prohibirme que piense! Tú a prohibir, yo a pensar, veremos quién gana.

Cesáreo. (Enardeciéndose ante la calma de León.) Esa estudiada calma, esa serenidad burlona no es más que la expresión de un cinismo repugnante que merece[235] castigo, y me veré obligado a dártelo.

León. (Imperturbable.) Muy bien. Pues ese castigo de mis maldades caiga sobre mí. Impónmelo pronto, tú... con tu propia mano. No te importe estar en mi casa.[240]

Cesáreo. (Despreciativo.) Yo no: la ley.

León. ¡Ah! es verdad: ya no me acordaba. Tú, creyéndome deshonrado, no puedes medir conmigo tus armas de caballero... ¿Y para qué habías de exponer vida, si ahí tienes la ley, auxiliar cómodo y barato, y[245] puedes aniquilarme con tu poder feudal sin ningún riesgo? Yo, que nada puedo, sucumbiré, y tú quedarás triunfante, con la satisfacción de haberte librado de un enemigo sin derramar ni una gota de sangre, sin un rasguño, sin la menor molestia...[250]

Cesáreo. ¿Qué quieres decir? ¿Que temo batirme contigo?