León. Yo soy estoico, y no temo ningún castigo.

Cesáreo. Cínico: pues no te rindes, expiarás los[315] delitos que cometiste y quedaron impunes.

León. Está bien; es justo. Pero ni por ese medio, ni por el duelo, que como caballero no puedes aceptar, ni por el suicidio, que yo rechazo, te librarás de mí. No te queda más recurso que el asesinato... Asesíname, si[320] te atreves. (Sin perder su serenidad, se levanta.)

Cesáreo. (Frenético, disparado ya y con rabia impulsiva.) ¡Pues sí: me atrevo... el asesinato... el crimen! (Ciego, se precipita hacia el banco de cerrajería que está tras él, y palpando busca un arma.) ¡Te mato...[325] villano!... ¡Muerte!...

León. (Acercándose.) ¿Buscas un arma? (Señalando al estante, en el cual, entre variedad de herramientas, hay cuchillos, limas y hacha.) Ahí tienes. Escoge lo que te parezca mejor. Yo estoy desarmado.[330]

Cesáreo. (Exaltado, buscando.) Esto... (Coge una lima y la suelta con repugnancia.) No: esto no. (Coge un hacha.) Esto... tampoco. (Lo arroja con desdén.)

León. ¿Ves? No puedes. Tu naturaleza rechaza la brutalidad... Y hay en mí una fuerza ante la cual tu[335] orgullo acaba por rendirse.

Cesáreo. Sí... tu cinismo.

León. No: mi razón... la razón que me asiste.

Cesáreo. (Pasándose la mano por los ojos.) No sé qué es esto. (Cae desalentado en un banco, por la brusca[340] sedación que sigue al desmedido esfuerzo.) No es cobardía; no me creerás cobarde. (Se lleva la mano al rostro. Aparecen por el fondo don Rafael, María, y tras ellos tres personas (que no hablan), Cirila, otra criada, el sacristán de la parroquia sin sotana, que trae un saco de damasco[345] rojo con ropas eclesiásticas y varios objetos de culto envueltos en telas, crucifijo, candeleros, libro de ritual. Entran sin ser vistos en las habitaciones particulares de León por la puerta lateral del foro. María permanece en escena.)[350]