Don Rafael. ¡Oh! sí: en la suscripción para la Casa de Misericordia figura con una suma mensual.
Filomena. Será considerable.
Don Rafael. Noventa céntimos.[260]
Cirila. (Entrando por el fondo con cartas y periódicos.) El correo. (Dirígese a la mesa de la izquierda, a la que va también don Pedro.)
Filomena. (A la derecha, con don Rafael.) La sordidez, ave rastrera, hace casi siempre sus nidos en las[265] arcas más llenas de caudales.
Don Rafael. Así como la caridad, ave del Cielo, suele acomodarse en las arcas vacías. ¡Triste humanidad!
Filomena. Por eso yo, en mis angustias actuales,[270] me acuerdo de los que aun son más pobres que yo...
Don Rafael. (Elogiando.) ¡Mucho, mucho!
Don Pedro. (A Cirila.) Aguárdate, que algo hay que llevar al correo. (En voz alta, mirando el sobre de una carta.) Filomena, carta de tu madre. (La da a Cirila,[275] que la lleva a su señora.)
Filomena. ¿Han escrito los niños?