María. Sin tus explicaciones lo comprendo. ¿Crees que se me escapan las ideas tuyas, las ideas de toda la[470] familia? Mi hermano hizo la corte a esa viuda millonaria... Tal vez ahora...

Don Pedro. No sé... Podría ser...

María. (Con agudeza.) ¿Y no se te ha ocurrido que de estos petitorios podría la dama ricachona enterarse?[475] ¡Qué diría, qué pensaría de nosotros!

Don Pedro. (Confuso.) Sí; pero... Se haría cargo... No obstante, la idea de que la viuda se entere, me inquieta un poco.

María. Esta mañana, cuando salía yo de la iglesia[480] con Vicenta Pulido, vi a la millonaria. ¡Ay, qué facha, qué cargazón de sedas, de plumas, de encajes, de joyas! Cuentan por ahí que lleva las ligas recamadas de perlas, y que en su casa de Madrid hay más plata que en una catedral.[485]

Don Pedro. Lo creo...

María. Y que las mesas de noche son de marfil, y otras cosas... de lápiz-lázuli... Su aspecto es de una rastaquouère tremenda y de una cursi estrepitosa.

Don Pedro. Nunca la he visto. Dicen que es[490] hermosa.

María. Lo fue el año de la Revolución de Septiembre, cuando tú todavía no te habías casado.

Escena VII