María. ¡Oh, qué bien! Por lo menos, se remedió usted de su mayor falta. ¿Y qué hizo entonces? ¿Se[235] puso usted su ropita y...?
León. No, señorita. ¿De qué me servía todo aquel matalotaje tan impropio de mi estado mísero? Salvo algunas prendas y el calzado más cómodo, vendí toda mi ropa.[240]
María. ¡Oh, qué feliz idea!... La ropa elegante...
León. La vendí por lo que quisieron darme. ¿Y qué hice? Me fui a la mina y compré cuatro toneladas de carbón.
María. (Animándose, se levanta.) ¡Bravísimo, señor[245] hombre nuevo!
León. Pagué mi carbón a toca-teja: lo traje acá, parte en carro, parte en un borrico, y algo también a hombros, en una cesta...
María. Y lo vendió y ganó dinero.[250]
León. Antes de veinte días pude comprar un carro.
María. (Gozosa.) Ya veo, ya veo... Se le revelaba a usted un mundo.
León. Me sentía poseedor de cualidades nuevas, de ideas nuevas, de nuevas aptitudes... Buscaba en mí,[255] por curiosidad, al hombre antiguo, y no lo encontraba. Aquí de la expresión de usted, que me llega al alma: «No es aquél, Cesáreo; es otro.»