María. Ya le sonreía, le alentaba... Y usted siempre adelante.

León. Hasta que llegué a las minas de Somonte. Allí pedí trabajo. Me lo prometieron... Entre tanto,[205] ayudaba a los carreteros a cargar carbón.

María. Y así vivía...

León. Allí tuve el primer dinero ganado por mí; ¡pero con qué trabajos!... Un día se murió de viejo un pobre borrico que trabajaba con un carro pequeño.[210] Yo lo sustituí.

María. ¡Jesús!

León. Y tirando de mi cargamento, aquí lo traje. Fue la primera vez que entré en Agramante... Volví a la mina. Un secreto instinto, algo como una naciente[215] vocación del hombre nuevo, movía mi voluntad, movía mis manos a una ocupación que era mi mayor gusto... Cuando los carros se ponían en camino, yo recogía los pedacitos de carbón que caían al suelo. Recogiendo y acopiando toda aquella miseria esparcida, llenaba yo[220] una cesta de carbón, que vendía luego en los pueblos próximos...

María. (Maravillada.) ¡Oh, qué paciencia, Dios mío!

León. En mi afán de llenar la cesta, yo no me contentaba con recoger los pedacitos: quería recoger hasta[225] los átomos...

María. (Identificándose con la idea.) ¡Los átomos! Es lo que yo digo: cuando pasa un átomo, cogerlo...

León. En esto, yo había escrito a mi tío explicándole mi deplorable situación: yo estaba descalzo, harapiento.[230] Por toda respuesta, me mandó a esta villa tres cajas en pequeña velocidad, porte pagado. En ellas venía toda mi ropa.