María. Refiérame todo, sin omitir nada. (Se sienta[180] en el banco de piedra, y escucha poniendo toda su alma en el relato.)
León. Pues mire usted, ni aun en los trances de mayor desesperación me decidí a quitarme la vida.
María. ¿No pensó usted en suicidarse?[185]
León. Sí pensé alguna vez; pero en el momento de consumarlo, me detenía... Me daba lástima de matar al hombre nuevo... Me parecía que mataba a un niño.
María. (Identificándose con la idea.) Sí, sí: lo comprendo, lo siento yo... Siga.[190]
León. Sin norte ni rumbo, yo atravesaba sierras, valles, estepas... Caridad encontré en algunos lugares; en otros desprecio, palos, burlas...
María. (Compadecida.) ¡Ay, qué hambres pasaría, pobrecito![195]
León. He recogido sobras de las cocinas más miserables; los pastores me han dado a rebañar sus sartenes.
María. Y andando, andando siempre, con su cruz a cuestas.
León. Con mi cruz... y con mi conciencia, que ya[200] no me ponía cara muy adusta.