María. (Vivamente.) De todo eso tengo yo una idea[145] vaga... En Madrid, por unos días, no se habló de otra cosa. Su tío de usted, el Marqués de Tarfe...
León. Mi tío, que hasta entonces no se había cuidado de mí, se mostró grande, generoso y justiciero ante la deshonra que yo arrojé sobre la familia. Con su dinero[150] fue cancelado el infamante documento; por gestión suya fue sobreseída la causa que se nos formó; y tratándome con severidad cruel, no tan cruel como yo merecía, me dio lo preciso para irme a Cádiz, donde un amigo suyo tenía el encargo de embarcarme para América.[155]
María. Eso entendí... que se había ido usted a Montevideo, al Brasil, no sé... Siga.
León. Pero estoy importunando a usted con mi triste historia, impidiéndole...
María. (Vivamente.) No: si eso me interesa más[160] que nada. Cuente... Se embarcó usted...
León. A embarcarme iba; pero en el camino caí enfermo, y en mi enfermedad y en mantenerme gasté el dinero que llevaba. Solo, vagabundo, sin más amparo que el Cielo arriba, mucha tierra por delante, entré en[165] relaciones con mi conciencia, y empecé a creer que un hombre nuevo alentaba en mí.
María. (Con intensa curiosidad.) ¿Pero cómo vivía, cómo pudo arreglarse? Cuénteme esa parte de su historia...[170]
León. ¿Le agrada a usted?
María. Es muy bonita... digo, es la más interesante...
León. Y la más terrible. No podrá usted, con todos los atrevimientos de su imaginación, reconstruir las torturas[175] mías, la fatiga inmensa, el angustioso via crucis tras la caridad pública, la miseria, los ultrajes... Pero todo esto era necesario para que naciese el hombre nuevo, y allí nació, en aquel vivir doloroso...