María. Vamos, Cirila, no te entretengas. Si no me ayudas, tendré que volver a ponerte en la cocina. (Pasa a la mesa de la derecha.)
Cirila. ¡Ay! no, no: déjame aquí. (Vuelve a su[25] trabajo.) Por cierto que con la nueva cocinera están muy contentos los señores. Tu papá la llama el jefe. Esta mañana, a más del rosbif, ha traído Bernarda unas aves riquísimas, pavipollos que parecen bolas de manteca... un jamón de York... pasas de Corinto para hacer plum[30] pudding... té superior... foie-gras... y vino blanco, de ese que llaman Chablis... (Pasa a la derecha.) ¿Pero no sabes, bobita? (Con misterio.) Quieren convidar a comer al señor de Corral.
María. (Vivamente.) ¡A ese gaznápiro insufrible![35] ¡Vaya que es gana de contrariarme! Sabiendo mi antipatía, mi repugnancia.
Escena II
Las mismas; Menga. Mozuela del pueblo, vendedora en la plaza. Viste pobremente; trae al brazo un gran cesto con sus variadas mercancías; en la mano un palo tarja. Su hablar es áspero y descarado.
Menga. (Por la izquierda.) ¿Ha lugar, muesama?
María. Adelante, Menga.
Menga. Si quié que ajustemos la cuenta... (Saca[40] un bolsón mugriento.)
María. Vamos allá. (Se sienta. Saca del cajón de la mesa una cestilla con dinero y un papel.)
Menga. Léame la apuntación, a ver si hay conformidá.[45]