—¡Qué nombre más extraño[2] este último!
—Es el que se da al cacao de las Antillas.
—¿Cuál es el mejor cacao?
—Su pregunta no es de fácil contestación.[3] Los cacaos que pasan por ser[4] de mejor calidad son los que se cultivan en Venezuela, en Méjico (particularmente el de Soconusco), en Colombia (sobre todo el del Cauca) y en el Ecuador, Guatemala y Costa Rica. Pero como Ud. sabe, va mucho en gustos.[5] Yo, de mí, sé decir[6] que prefiero el cacao de Bolivia, especialmente el que se cultiva en las faldas de La Paz y Cochabamba; otros se quedan con el del Espíritu Santo o Bahía, en el Brasil. También mucho depende de los cambios que la iniciativa de los plantadores introduce en el veredicto comercial; y no sería extraño que el Perú—donde recientemente se han hecho inmensas plantaciones sobre una base científica—viera los mercados del mundo disputándose[7] su cacao.
—Y dada la situación de los mercados consumidores y el clima y el suelo de los países productores, ¿dónde cree Ud. que el cultivo del cacao ofrecería mayores alicientes?
—¡Hum! La cosa no es fácil de resolver a dos tirones.[8] Pero, dejando de lado toda consideración basada en las condiciones actuales del mercado, me inclinaría a creer que el cacao de Santo Domingo puede tener una ventaja sobre los otros.
—¿Qué le hace[9] a Ud. suponer éso?
—El hecho de que Santo Domingo queda más cerca de Nueva York que cualquiera de los demás países productores. Por lo demás,[10] la cosecha que ahora se recoge y exporta desde Santo Domingo aumenta de año en año,[11] y ha dado ya a ese país un puesto importante entre los productores de cacao.
—Buen negocio sería, pues, explotar ese cultivo en la isla dominicana; pero a estar a lo que Ud. dice,[12] será a la fecha[13] imposible encontrar ya buenas tierras por poco dinero; ¿No es así?
—¡Oh, no! Todavía quedan terrenos fértiles, húmedos y densos, muchos de ellos con la proporción de arena que conviene al cacao; tierras que se venden a bajo precio y que podrían colonizarse con provecho.