—Estoy con Ud.—dijo mister Smith. Y luego agregó en tono grave:—Y si las relaciones internacionales no se organizan[43] de acuerdo con el ideal universal de paz, mucho me temo[44] que la América toda, y no sólo la del norte, necesite una marina de guerra bastante poderosa para defender su independencia económica.

—Pero con marina de guerra y todo,[45]—dijo el boliviano,—yo preveo una dificultad, y es[46] la desproporción entre las importaciones y las exportaciones de los Estados Unidos.

—Tiene razón el señor[47] Bustamente,—asintió mister Smith.—Nuestras importaciones han sido siempre de menor peso y volumen que las exportaciones. Hemos importado cacao, café y goma, que requieren poco tonelaje, y en cambio hemos exportado trigo, maíz y, hasta hace poco, carne, que ocupan mayor espacio. Pero el equilibrio se establecería si Uds. nos mandasen el mineral de hierro y manganeso del Brasil....

—Y la carne, el quebracho, la lana y el lino de la Argentina,—agregó el señor Mendoza.

—Y nuestro nitrato y nuestro cobre...—añadió por su parte[48] el señor Enríquez.

—Y nuestro estaño y nuestra plata,...—apuntó el boliviano.

—¡Pero, señores![49]—exclamó riendo el norteamericano,—¡a ese paso[50] los papeles se trocarán[51] y el déficit en el tonelaje estará en contra de nuestras exportaciones para Sud América!

Todos rieron de buena gana,[52] pero el señor Martínez, calmando a sus amigos con un gesto, dijo:

—Para llenar ese déficit está el carbón.[53] El carbón ha suministrado las tres quintas partes de las exportaciones de la Gran Bretaña para la América latina. Ese producto ha sido el compensador de los fletes marítimos de esa nación, y le ha permitido conservar la preponderancia comercial en el mundo entero. ¿Por qué no habría de[54] asegurar ahora la de los Estados Unidos en el continente?

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