—Tenemos ese árbol y, además, inmensos bosques de otros árboles que contienen mucho tanino en la corteza y en las hojas; pero el comercio de quebracho está especialmente desarrollado en una zona de la Argentina más próxima a los puertos,—agregó el señor Souza.—¿No es así, doctor Mendoza?

—Es exacto lo que Ud. dice,—replicó éste.—Y he de observar que esa planta crece en una área limitada. Los europeos tienen casi monopolizada la industria de la extracción del tanino, el cual se emplea en el curtido del cuero; pero todavía quedan grandes superficies forestales que podrían abastecer con tanino a todas las curtidurías de los Estados Unidos.

—A propósito de la Argentina, cuyo nombre trae a la mente la idea de ganados numerosos—dijo mister Smith,—han de saber Uds. que las tierras adecuadas para apacentar rebaños en nuestro país son más escasas cada día, a causa de las exigencias de la agricultura. La merma en nuestra riqueza ganadera ha adquirido proporciones tales, que ya la demanda de carne supera a la oferta. Ya importamos carne, cosa que hace veinte años habría parecido ridículo predecir. Solamente en la América latina quedan todavía tierras baldías que pueden destinarse al pastoreo.

—¿Y en el Canadá y Siberia?—preguntó el boliviano.

—El clima es allí demasiado frío,—contestó Smith.—Y en Australia y el Sur de África la lluvia es insuficiente para mantener los prados donde se apacenta el ganado.

—Por ese motivo, las regiones que Ud. acaba de mencionar[38] no comenzarían a explotarse sino después que los fértiles prados sudamericanos hubieran sido ocupados,—observó el señor Mendoza.

—¡Ya va largo![39]—exclamó el señor Souza.—La América del Sur puede ofrecer una superficie inmensa, que comprende no solamente la Argentina sino también el Brasil, la parte este de Bolivia y todo el Paraguay.

—¿Y el Uruguay?—preguntó mister Smith.

—Puede decirse que[40] ha alcanzado ya la máxima cifra de ganado que puede soportar.

—Todo eso está muy bueno,[41]—dijo sonriendo el señor Matienzo, que hasta entonces no había hablado;—pero de nada valdría[42] el que los Estados Unidos poseyeran las fuentes de abastecimiento de sus mercados si al mismo tiempo no dispusieran de una marina mercante para el transporte de los productos.