—Pero vamos a los hechos. Tomemos la raza. ¿No tienen Uds. a ese respecto rasgos comunes?
—No tantos como nos distinguen.[6] Todas las combinaciones etnológicas se hallan actualmente en movimiento en los países de la América latina. Entre ellos tiene Ud. algunos donde el indio constituye las dos terceras partes de la población; otros donde el negro predomina en igual proporción; y por fin, países donde el indio y el negro son totalmente o casi desconocidos.
Considere Ud. cuán distintos y complicados son los problemas de educación y de gobierno que esas diferencias sugieren. Tenga Ud. en cuenta, además, que hay, como quien dice,[7] indios e indios; es decir, que entre las razas nativas existen diferencias marcadas que imponen modalidades y rasgos diferentes. No puede compararse el indio manso y tolerante del trópico, con el altivo indígena de más al sur, ni el indio que vive en regiones que le ofrecen amplia subsistencia, con el que habita comarcas donde la lucha es el precio de la vida.
—Bien está[8] que la diversidad de sangres contribuya a diferenciar la población en los distintos países de la América. Lo acepto, pero ¿y qué de la historia[9] y la tradición común?
—Permítame Ud.[10]; la América latina no tiene una historia común; es decir, una historia cuyos episodios unifiquen los sentimientos de los individuos en la veneración de glorias comunes. A lo sumo,[11] tal vez pueda Ud. descubrir esa comunidad en ciertos distritos geográficos; pero no es raro que la historia—esa historia a que Ud. atribuye la función de vínculo—sea precisamente un elemento de alejamiento y de rivalidad.
—¿Es posible?
—No sólo posible sino lógico también. Desde luego recuerde Ud. el largo feudo, no terminado aún, entre los admiradores de Bolívar y los que consideran a San Martín como el más grande de los dos.[12] De tales controversias están llenas las bibliotecas. Por otra parte, si el comentario histórico es fuente de disensiones entre los propios, ¡cuánto más no ha de[13] serlo entre los extraños! Cruza Ud. una línea fronteriza y encuentra Ud. que los héroes de un lado acaso son tenidos como bandidos en el otro. ¿Y olvidó Ud. las guerras que tuvieron o pudieron tener lugar? Ellas han creado situaciones poco favorables a la comunidad de miras desde el punto de vista histórico ....
—Confieso que no había reflexionado sobre las razones que Ud. expone, y que me parecen irrefutables.
—¿Lo ve Ud.? Sus palabras mismas demuestran que el punto de vista en que ustedes se colocan y que los lleva a buscar semejanzas en toda la América latina, también los inhabilita fatalmente para hacerse reflexiones como las que acaba Ud. de aceptar.
—Comienzo a comprender sus argumentos; pero me cuesta mucho creer que[14] existan tantas líneas de divergencia en la sociedad de esos países.