El silencio era profundo, e interrumpíanle sólo el ruido de nuestra cabalgata, el ladrido de algún perro alarmado por él, y el canto triste y monótono del gallo, que a largos intervalos sonaba en una lejana choza y era contestado en otra, como el ¡alerta! del centinela de la soledad.
Jadeaban los caballos al avanzar por la empinada cuesta, y el vapor de sus cuerpos sudorosos calentaba a los jinetes, algunos de los cuales buscaban también este beneficio en el cigarro cuya punta brillaba como una luciérnaga.
—Juan L. Mera (Ecuatoriano)
Chapter Footnotes:
[1] caído ... escarcha. A current expression, although contrary to facts, as escarcha (frost) is formed on the ground.
[2] las sombrías sombras. A redundance to emphasize the darkness of the clouds.
[3] a diestra y siniestra, to the right and left. VARIANT: A derecha e izquierda.
11.—PERSONIFICACIÓN DE LAS AVES
[(to the vocabulary section)]
Ciertos animales, y en especial las aves, por su aspecto, por sus instintos o por su manera de vivir, parecen imitar las cualidades de la persona o ejecutar aquellas cosas de que sólo es capaz un ser racional. La imaginación, a vista de ello,[1] se complace en fingir dotados a esos animales de las cualidades humanas que de un modo más o menos patente remedan, o bien en atribuirles los mismos oficios o ministerios que el hombre ejerce. Así, en las vastas regiones en que se extiende la cuenca del Plata, hallamos horneros, leñeros, pedreros, carpinteros, herreros, boyeros, etc. El dominico se cubre con una blanquísima vestimenta. Ostenta un rojo copete, semejante al capelo, el erguido y airoso cardenal, tan abundante como arisco, de color gris negro el cuerpo. Muy escaso y retirado en el Paraguay, entre sus variedades, figura el que llamaron los guaraníes, araguirá, es decir, pájaro del día o de la luz, con alusión a lo brillante y subido de su rojo penacho. Con triste y prolongado acento, a la orilla de los ríos, se lamenta de la pérdida de su fortuna el hidalgo pobre. Vístese de blanco y negro, con tanta gracia como modestia, la sencilla monjita. Lleva en la cabeza una toca, símbolo del duelo del amor, la no menos graciosa viuda. Contemplando al astro majestuoso del día,[2] yace el mirasol en los bañados. Echado en el suelo, como un haragán enemigo del trabajo, yace el dormilón. El negro charrúa hace el nido en las barrancas, y, como el indio salvaje del Uruguay, da un fortísimo silbido destemplado, algo semejante al relincho del caballo. Entre los siete colores que singularizan al naranjero, muestra sobre su pecho el anaranjado como distintivo de sus aficiones: la naranja es su manjar predilecto, si bien gusta de otras frutas y de las legumbres, haciendo no poco daño en las huertas. Trepado en el árbol, agujerea la naranja y come su carne, dejando entera la cáscara....
El boyero remeda melodiosamente con el canto el modo particular que tienen los labriegos que cuidan bueyes de hacerse obedecer de estos pacíficos animales. Quieren que[3] el benteveo indique con sus repetidos gritos la acción de la persona que está observando lo que otra ejecuta. Azara advierte que los españoles le daban el nombre de bienteveo y los guaraníes el de puitaguá; porque a los unos y a los otros respectivamente les parecía que pronunciaba con claridad estas palabras....