Andrés fué recibido en Colombia con la amabilidad característica de las gentes[1] campesinas del país; que a pesar de las pocas comodidades de que disfrutan, proporcionan al pasajero cuanto les es posible,[2] con la mejor voluntad.
Las posadas de esos caminos no son hoteles sino casas de familia, donde siempre el que lo ha menester[3] encuentra una mesa «puesta»[4] y una cama «tendida»[5] y corazones sencillos, cariñosos, que consideran la hospitalidad como un favor que recibe quien lo da, como un deber ordenado por Dios.
A la partida del viajero, cuando éste pregunta cuánto debe, contestan casi siempre:
—Nada, señor, que le vaya bien[6]....
En las colinas y faldas hay risueñas estancias, cuyas cercas dibujan cuadriláteros en las laderas. Por sus contornos pacen libremente vacadas y rebaños de ovejas. Las cabras saltan en los barrancos amarillos o se suben a las grandes piedras. Óyense mujidos en los hatos y gritos de pastores en las lomas.
Por allí pasó Andrés al sol de la mañana, admirado, encantado, dichoso.
Se detuvo un momento en uno de los corrales donde estaban ordeñando. Una linda campesinita de negros ojos, de labios grosezuelos y rosada tez, ordeñó una vaca de ternero grande y le pasó al viajero la vasija rebosante que él mismo vió llenar. Arrimada al caballo esperó a que bebiera, y cuando el joven le preguntó cuánto le debía, repuso:
—Nada, señor.
Entonces Andrés dió a la muchacha un gran ramo de alelíes, parásitas y azucenas silvestres que había cogido en el camino, acompañando el obsequio con una frase de elogio. La dulce niña recibió las flores y con ella adornó su sombrero de paja, mientras sus compañeras reían. Entre las risas, oíanse los chorros de leche al apagarse en los copos de espuma.
—¡Qué creída![7]—exclamó una de las ordeñadoras, asomando la cara fresca y risueña por debajo de la ubre de una vaca.