—No tienen ustedes más que vestirse de blanco y echarse un pañuelo negro por los hombros—propuso Da. Emelina.
—¡Eso no!—esclaman todas—de luto riguroso,[9] todavía no es tiempo para otra ropa.
—Como quieran, contesta Da. Emelina—pero pronto, vamos pronto, a comer en casa, de modo que ya estén ustedes allá antes del bautismo.
Y se visten de luto riguroso y de una carrerita[10] pasan a casa de la vecina, no sin advertir antes a los criados que tengan buen cuidado de[11] no abrir los postigos de la ventana, y que no canten ni permitan ruido.
—¿Qué es éso? les pregunta en la calle un amigo importuno, señalándoles el traje.
—¡Mi pobre Juan!—contesta la viuda.
—¡Mi papaíto!—añade Elena.
—¡Mi padrecito!—exclama Luisa.
—Pues las acompaño en su sentimiento,[12] dice el importuno, dejándoles libre el paso.
—Valerio (Cubano)