Barros Arana, Diego (1830-1907)

Diego Barros Arana[9] es la personalidad de mayor consistencia científica en el campo de las ciencias históricas de Chile, el último glorioso sobreviviente del gran triunvirato de nuestros investigadores del pasado: Amunátegui, Vicuña Mackenna y Barros Arana. Su obra se distingue principalmente por su gran consistencia científica. La Historia General de Chile es la síntesis suprema de nuestros grandes progresos en la literatura histórica ad narrandum.[10] Es el gran monumento, que al fin del interesante camino de nuestra producción intelectual se levanta para decir que la obra gloriosa de exhumación de todo el pasado nacional está, por fin, terminada.

Jorge Hunecus (Chileno)

Bello, Andrés (1781-1865)

Andrés Bello,[11] que aunque nacido en Venezuela vivió y murió en Chile, es uno de esos personajes que honran a todo un continente,[12] y que se granjea el respeto y las simpatías de cuantos le tratan, y aún de aquéllos que solamente le conocen por sus escritos. Es una de esas fisonomías dignas de estudiarse, porque cada uno de sus rasgos revela la inteligencia más cumplida[13] y la virtud más acendrada. Es un espíritu ingenioso, un escritor elegante y castizo, que recuerda los bellos tiempos de la literatura española. Su talento, poderoso y fecundizado por el estudio, ha recorrido todos los ramos del saber humano; y por esto ha escrito con la misma maestría sobre historia, sobre derecho de gentes,[14] sobre gramática, sobre métrica, sobre astronomía; y ha resuelto los más arduos problemas de matemáticas con la misma facilidad con que ha escrito bellísimas odas.

M. Torres Caicedo (Colombiano)

Blest Gana, Alberto (1831)

Las novelas de Alberto Blest Gana[15] parecen escritas de propósito para vindicar a la sociedad Chilena de su tan gritada y compadecida esterilidad. Todas las figuras que dibuja en sus cuadros no tienen un pie, ni una pulgada más que cualquiera de los vecinos de nuestra buena capital.[16] Cuanto les rodea es prosa. El mundo en que viven, los círculos que frecuentan son los mismos que frecuentas, tú, lector,[17] y yo: mundo insípido, círculos donde la vulgaridad está a la orden del día,[18] donde se bosteza mucho, se juega malilla y cada uno se ocupa en martirizar a los demás. En una palabra, cada uno de esos cuadros es un daguerrotipo de nuestra sociedad, sólo sí[19] iluminado con los colores de un rico estilo.

Presenta siempre ante los ojos del lector al hombre moral: son sus sentimientos, sus ideas, sus pensamientos, sus pasiones en lucha,[20] sus impresiones más fugitivas las que hacen todo el gasto.[21] ¡Y qué delicadeza de observación, qué maravillosa facultad de adivinación, en algunas escenas, qué pinceladas tan maestras y felices para comunicar cuerpo, vida y movimiento al personaje que retrata!