Miguel Antonio Caro,[25] digno hijo del[26] ilustre Dn. José Eusebio Caro, es bien conocido por sus trabajos literarios no sólo en Colombia sino en España, donde personas competentes consideran su traducción de las obras de Virgilio como la mejor que se ha hecho en lengua castellana. Si como poeta es notable, como prosista elegante y correcto y como escritor erudito no hay quien le supere en América. A él, en primer término, se debe el que haya caído en desuso[27] el espíritu antiespañol, que no era natural y espontáneo sino simple moda, fomentada oficialmente cada año por los discursos patrioteros de 20 de julio,[28] y tal resultado se obtuvo con el establecimiento de las relaciones diplomáticas con la madre patria, con la propagación de la buena literatura castellana y con la fundación de las Academias americanas,[29] que tanto han contribuido a estrechar los lazos de amistad entre España y las repúblicas hispanoamericanas.
—Miguel Cané (Argentino)
Echeverría, Aquiles
Aquiles J. Echeverría[30] habla la lengua de los hombres rurales de Costa Rica. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega[31] ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. De más decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuido a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene—¡ah, tener eso todavía, Dios mío[32]!—tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
—Rubén Darío (Nicaragüense)
Gutiérrez González, Gregorio (1826-1872)
Gregorio Gutiérrez González[33] es el más popular de los poetas colombianos cuyas estrofas andan en boca[34] aún de gente que no sabe leer. Cuando los cantos de un poeta han ido más allá del campanario de la aldea, y vagado en alas de[35] las auras, y han sido repetidos por el murmurio de los arroyos, y reproducidos por el eco de las colinas, y, antes que aplaudidos en los palacios del rico, han alegrado las vigilias en las cabañas de los pobres, y resonado en tierras remotas, entonces está medio ganado el pleito de la fama.
—Salvador Camacho Roldán (Venezolano)
Hernández, José (1834-1886)
José Hernández,[36] indiscutiblemente es el que posee el cetro de la poesía criolla[37] Argentina entre los clásicos. Rudo en el lenguaje, de una rudeza natural, escribió «El Gaucho Martín Fierro,» completado más tarde con «La Vuelta de Martín Fierro,» poemas que son un exponente nítido del espíritu criollo, ameno para la charla, que suele matizar con sentencias e imágenes tanto más poéticas cuanto no pertenecen al género metafórico, de que tanto se abusa en los tiempos que corren.[38]