4.—AUGURIOS
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La isla de Cuba, entre las dos Américas, a la boca del[1] Golfo Mejicano, siendo el centinela avanzado del archipiélago, punto intermediario del comercio en día no lejano[2] en que los pueblos asiáticos y los pueblos americanos y europeos se comuniquen por caminos más breves con sus muchos y bellos puertos, sus innumerables riachuelos, sus campos cubiertos de verdor perenne, sus privilegiados frutos, sus feraces terrenos, su cielo encantador, su benigno clima; no se detendrá sin duda en la marcha que ha emprendido. Mil y mil leguas de ferrocarriles se entretejerán de punta a punta de la isla; las ruedas de los barcos de vapor surcarán día y noche las aguas espumosas del mar, muchos ríos se canalizarán; los terrenos pantanosos se desecarán y sobre ellos crecerán lozanas plantas; no habrá espacio que no esté sembrado de caña, de café o de tabaco; la población se decuplará; al lado de cada puerto se levantará una ciudad elegantemente delineada y construida; se abrirán, donde ahora hay caminos intransitables, largas y bellas calzadas; se echarán sobre los ríos muchedumbre de soberbios puentes; se introducirán todos los días máquinas e instrumentos para sacar de la tierra los frutos que atesora; se mejorarán las razas de todos los animales útiles; las siembras mismas se harán con aquel orden y aquella simetría que son un indicio claro de los adelantos de los pueblos; las groseras chozas de nuestros labradores se convertirán en graciosas habitaciones rodeadas de árboles y de flores; todos los artículos se abaratarán y se pondrán al alcance aun de las clases más pobres. El viajero que descienda a las playas cubanas y visite las poblaciones y las campiñas, así como el que hoy, después de treinta años de ausencia, se admira de cómo camina esta tierra privilegiada, envidiará no haber nacido bajo sus ceibas y sus palmas. Dirá en su patria cuán feliz vive el hombre aquí, y millares de familias cansadas de trabajar en tierras ingratas ya, y ansiosas de paz y de orden, cruzarán los mares, besarán el suelo hospitalario que las recibe con los brazos abiertos, descuajarán unas pocas yugadas de terreno, fabricarán su albergue, arrojarán los granos en los surcos, y, en breve, nunca más les faltará el alimento.
—A. Suárez y Romero (Cubano)
Chapter Footnotes:
[1] a la boca del, at the entrance (mouth).
[2] en día no lejano, at no distant day; before long. VARIANT: Antes de mucho.
5.—EL PORVENIR DE AMÉRICA
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Abierta por la emancipación la clausura de tres siglos,[1] la América proclama la fraternidad y llama a su seno a todas las naciones. La inmigración, que primero afluyó al norte, hoy se dirige a las orillas del Plata,[2] para difundirse luego en el resto del continente.
Ahora bien: una región que en el corto espacio de algunos kilómetros ofrece con frecuencia al viajero que la visita, las temperaturas de todos los climas y todos los accidentes topográficos imaginables; una región tal modifica incesantemente las razas, produciendo infinitos matices, cada uno de los cuales posee aptitudes especiales.
En época no muy remota será, pues, la América morada de hombres de todos los pueblos, que poniendo en la labor común los progresos y aptitudes peculiares de su raza, darán a su civilización un carácter amplio, vario, universal, de que carece la del antiguo mundo.