—Gracias a Dios,—dijo el hermano mayor,—todos estamos sanos y salvos y cada uno ha aprendido a hacer algo.

Y juntos regresaron a casa. El padre se puso muy contento al verlos llegar y pidió a sus hijos que le contaran sus aventuras.

Julio, el hijo mayor, dijo que había estado en Toledo y que había aprendido el oficio de zapatero.

—Muy bien,—dijo su padre, es un oficio honrado.

—Pero yo no soy un zapatero vulgar, respondió Julio,—remiendo a la perfección, y no tengo más que decir estas palabras: '¡Remiéndate!' y las cosas viejas quedan como nuevas.

El padre, dudando lo que decía su hijo, le dió un par de zapatos viejos. Julio tomó los zapatos, los puso en frente y dijo: '¡Remiéndate!' Al instante los zapatos se convirtieron en otros relucientes y casi nuevos. El atónito padre exclamó:—¡Excelente, has aprendido más en Toledo que en la escuela!

Entonces el viejo zapatero preguntó a su segundo hijo, Ramón:—Y tú, Ramón ¿qué has aprendido?—Padre mío, estuve en Madrid y estudié para astrólogo y soy un astrólogo extra-ordinario. No hago más que ver al cielo para saber inmediatamente lo que sucede sobre la tierra.

—¡Maravilloso!—exclamó el padre y dirigiéndose a su tercer hijo Enrique, dijo:—¿Qué oficio has aprendido, Enrique?—Soy cazador, pero un cazador sorprendente. Cuando veo a un animal no hago más que decir: '¡Muérete!' y el animal se muere en seguida.

El padre viendo una ardilla le dijo:—Mata aquella ardilla y creeré lo que dices.—Enrique dijo: '¡Muérete!' y la pobre ardilla cayó muerta. Por fin el zapatero preguntó a su hijo menor Felipe:—¿Qué oficio has aprendido tú?—He aprendido a robar,—respondió Felipe;—pero no soy un ladrón ordinario; no hago más que pensar en la cosa que deseo tener, y esta cosa viene por sí mismo a mis manos.

Como el padre quería ver la ardilla muerta por Enrique, dijo al astrólogo:—¿Dónde está la ardilla?—Debajo de aquel árbol,—respondió Ramón. En seguida Felipe, el ladrón, pensó en la ardilla y ésta apareció al instante sobre la mesa.