El viejo zapatero estaba muy contento y orgulloso de las habilidades de sus hijos. Un día los cuatro hermanos supieron que la princesa Eulalia, la única hija del rey, se había perdido. El rey ofreció su reino y la mano de su hija al caballero que pudiese hallarla y traerla al palacio. Los hermanos fueron al palacio, y dijeron al rey que ellos podían hallar a la princesa. El rey muy contento les repitió su promesa.

Durante la noche el astrólogo miró al cielo y vio en una isla lejana a la princesa, a quien un dragón tenía prisionera. Los cuatro hermanos después de un viaje penoso y largo llegaron a la isla. Cuando el ladrón vio a la princesa que se paseaba por la playa, exclamó:

—¡Deseo a la princesa en nuestro barco!—e inmediatamente la princesa estuvo en el barco; pero como el dragón vio esto, con rugido terrible se precipitó sobre el barco. El cazador exclamó al instante: '¡Muérete!' y el dragón cayó muerto en el agua. Al caer el dragón chocó con el barco y casi lo hizo pedazos, y cuando ya se hundía el barco, el zapatero dijo: '¡Remiéndate!' y el barco fue remendado.

Apenas regresaron al reino, empezaron los hermanos a altercar entre sí.

—Yo he hallado a la princesa,—dijo el astrólogo,—por lo tanto debe ser mi esposa.

—De ninguna manera,—respondió el ladrón,—la mano de la princesa es mía, porque yo se la robé al dragón.

—¡Necios!—exclamó el cazador,—yo debo ser el marido de la princesa porque yo maté al dragón,—a lo que el zapatero replicó coléricamente:

—La princesa debe ser esposa mía, porque yo remendé el barco y sin mi ayuda todos Vds. estarían muertos.

Después de mucha discusión, y sin poder arreglar nada, los hermanos decidieron ir a ver al rey a su palacio.