—A mí me gusta todo, si puedo obtener algo bueno por mi dinero,—fué la contestación. Al fin el posadero presentó la cuenta que ascendió a cinco pesetas. Sin examinarla ni mirarla el hombre entregó al posadero una vieja pieza de cinco centavos. Éste la rechazó preguntando con cólera:

—¿Qué quiere decir esto? Vd. ha ordenado las mejores cosas. Vale tres pesetas la cena, una peseta el vino y otra peseta los tabacos.

—Yo no he mandado nada,—repuso el hombre.—He pedido que comer por mi dinero, y esta pieza es todo el dinero que tengo.

Estaba el posadero para ponerse muy colérico, cuando se le ocurrió una buena idea.

—Amigo,—dijo con una sonrisa muy fina,—ya no hablaremos más de eso. No me pagará Vd. nada. Le presento a Vd. graciosamente la cena, el vino y los tabacos. Además, tome Vd. este billete de diez pesetas, si quiere hacerme un gran favor. Dos calles más arriba está la posada del León de Oro, cuyo amo es mi competidor. Vaya Vd. al León de Oro, y haga la misma calaverada.

Tomó el dinero, se lo metió en el bolsillo y se despidió el huésped. Llegado a la puerta se volvió y dijo con burla mal disimulada:

—Muchas gracias y buenas noches. Pero es su competidor de Vd. quien me ha hecho venir aquí.

47. EL ESTUDIANTE DE SALAMANCA