—¡Caramba!—dijo para sí después de cavilar largo rato.—La vaca es más grande que la cabra. Por lo tanto me llevo al animal más grande.

Diciendo esto desató la vaca y se la llevó.

No había andado Juan muchos kilómetros cuando le alcanzaron tres jóvenes, que también iban a la feria. Llevaban estos jóvenes poco dinero, e iban hambrientos y con mucha sed. Cuando vieron al lugareño con su vaca resolvieron darle un chasco. Uno de ellos había de adelantarse y tratar de comprarle la vaca. Poco después el segundo debía hacer lo mismo, y por último el tercero.

—¡Ola, amigo!—saludó el primero.—¿Quiere Vd. vender su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿La cabra?—replicó el aldeano atónito.—¿La cabra, dice Vd.?—y con expresión incrédula miraba al comprador y al animal.

—Véndamela—continuó el joven muy serio,—le doy seis pesetas por ella.

—¿La cabra?—continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro.—Yo pensaba que era mi vaca la que llevaba a la feria, y aún ahora mismo, después de mirarla bien, creo que es la vaca y no la cabra.

—¡Caracoles, hombre! No diga Vd. disparates. Ésta es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis seis pesetas. Adiós.

Después de algunos minutos el segundo joven alcanzó a Juan.

—Buenos días, amigo,—le dijo afablemente.—Hace muy buen tiempo. ¡Toma!