¿Qué lleva Vd. aquí? ¿Una cabra? Yo iba a la feria precisamente a comprar una cabra. ¿Quiere Vd. venderme la suya? Le doy cinco pesetas por ella.
El campesino se detuvo, y rasgándose la oreja dijo para sus adentros:
—¡Canario! Aquí esta otro sujeto que dice que traigo la cabra. ¿Será esto posible? Durante todo el camino este animal no ha abierto el hocico. Si sólo hiciera ruido yo podría entonces saber si era la cabra o la vaca. ¡Maldita suerte! La próxima vez que vaya al establo me llevo a mi mujer.
—Pues bien,—continuó el tunante joven,—si no me quiere Vd. vender la cabra, tendré que comprarla en la feria. Pero creo que cinco pesetas es bastante dinero por una cabra tan flaca. Adiós.
Por último llegó el tercer joven.
—¡Ola, amigo! ¿Quiere Vd. vender su cabra?
El pobre campesino no sabía que responder, pero al cabo de un momento de silencio replicó:
—Vd. es el tercero que me habla de una cabra. ¿No puede Vd. ver que el animal que traigo es una vaca?
—Mi buen hombre, es Vd. ciego o está embriagado,—repuso el embustero.—¡Vaya! Un niño puede decirle que su animal no es una vaca, sino una cabra; y, por cierto, muy flaca.