—¡Canastos!—contestó el tonto aldeano.—Recuerdo claramente que he tomado el animal que estaba atado cerca de la puerta. Además, este animal tiene la cola larga, y una cabra tiene la cola más corta.
—No diga Vd. tonterías,—contestó el tunante.—Le ofrezco cuatro pesetas por su cabra.
Diciendo y haciendo, el pícaro sacó del bolsillo cuatro piezas de plata y las hizo sonar.
El pobre lugareño completamente aturdido y ya casi convencido, vendió el animal, recibió el dinero y se volvió a su casa, mientras que los jóvenes siguieron camino a la feria.
La mujer del campesino se indignó mucho cuando su marido le entregó las cuatro pesetas.
—¡Tonto! ¡Estúpido!—exclamó colérica.—Llevaste la vaca que vale a lo menos cincuenta pesetas.
—Pero, ¿que podía hacer yo? Tres hombres, uno después de otro, me aseguraban que llevaba la cabra, y...
—¿Tres hombres? ¡Papanatas!—interrumpió la mujer.—Apuesto a que esos hombres fueron los mismos que pasaron por aquí, y me preguntaron cuál era el camino de la aldea. Sin duda han vendido ya la vaca al primer marchante que encontraron, y se regalan en este momento en alguna posada con el dinero. ¡Pronto! No perdamos tiempo. Múdate de vestido. Ponte tu mejor sombrero para que no te reconozcan. Vamos a devolverles el chasco a esos pícaros, y puede ser que aun podamos recobrar nuestro dinero.
A eso de las doce el tonto y su mujer llegaron a la aldea. Visitaron varias fondas y, como lo sospechó la mujer, los tres pícaros fueron encontrados festejándose en una de aquéllas.
El lugareño y su mujer se sentaron cerca de la mesa donde estaban los pícaros. La mujer llamó al posadero y le refirió en pocas palabras lo que había pasado a su marido.