—Si Vd. nos ayuda,—dijo la mujer al posadero,—podremos recobrar nuestro dinero. Yo propongo esto: Mi marido pide un vaso de vino. Se levanta, revuelve su sombrero, llama a Vd., y Vd. saca de su bolsillo este dinero que yo le doy ahora, y pretende Vd. que la cuenta está pagada.

Mientras tanto los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención al lugareño. Pero cuando éste se levantó por tercera vez, uno de los tres cayó en ello, y preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta.

—¡Calle Vd! ¡Silencio!—respondió éste, haciendo el misterioso.—Ese hombre tiene un sombrero mágico. He oído hablar muchas veces de ese sombrero, pero ésta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Viene este campesino, me ordena un vaso de vino, revuelve el sombrero, y al momento suena en mi bolsillo el dinero. Al principio no me parecía eso posible, pero los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón, muy sorprendido, se reunió con sus camaradas y les refirió lo que había oído.

—Debemos obtener ese sombrero a cualquier precio,—dijeron los tres al instante.

Se sentaron en la misma mesa que el lugareño, a quien no reconocieron, y trabaron conversación con él.

—Tiene Vd. un sombrero muy bonito, y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale?—dijo el primero.

El lugareño le miró desdeñosamente y repuso:—Este sombrero no se vende, pues no es un sombrero ordinario como cualquier otro. ¡Ola, posadero!—gritó con voz firme.—Traiga más vino.

Cuando el vino fué servido el lugareño se levantó, revolvió el sombrero, y el posadero sacó al instante el dinero de su bolsillo.

Los tres bribones se quedaron pasmados de asombro, y tanto importunaron al lugareño que éste acabó por exclamar: