—Pues bien, por cincuenta pesetas les venderé el sombrero.

Ésta era la exacta suma en que habían vendido la vaca. Muy alegres entregaron el dinero al lugareño, que tan pronto como tuvo el oro en su bolsillo partió, más contento que unas pascuas.

Los tres bribones también partieron. No habían andado gran distancia cuando llegaron a otra fonda. Uno de ellos propuso que entrasen a probar el sombrero. Después de haber bebido algunas botellas de vino, llamaron a la huéspeda para pagarle. El primero de ellos se levantó, revolvió el sombrero, y todos ansiosamente esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La huéspeda, extrañando tal conducta, les dijo:

—Como Vds. me han llamado yo creía que me iban a pagar.

—Pues meta Vd. la mano en su faltriquera y hallará Vd. el dinero.

La huéspeda lo hizo así, pero no encontró ningún dinero.

—¡Diantre!—dijo el segundo joven, un poco alarmado,—tú no comprendes de esto. Dame el sombrero a mí.

El joven tomó el sombrero, se lo puso, y lo revolvió de derecha a izquierda. Pero todo en balde. La faltriquera de la huéspeda estaba tan vacía como antes.

—Son Vds. unos bobos,—gritó el tercero con impaciencia.—Voy a enseñar a Vds. como debe ser revuelto el sombrero.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero muy despacio y con mucho cuidado. Pero observó con gran desaliento que no tuvo mejor éxito que sus compañeros.