Al fin comprendieron que el lugareño les había dado un buen chasco. Su indignación fué tanta que mejor es pasar por alto los epitetos con que adornaron el nombre del lugareño.

Éste al llegar a su casa contó las monedas de oro sobre la mesa exclamando:

—¿No lo dije esta mañana? Tiene que madrugar el que quiera engañarme.

Su mujer no dijo nada, porque era juiciosa, y sabía que el silencio algunas veces es oro.

51. EL PERAL

Recuerdo que a la salida de mi pueblo había un hermosísimo peral que daba gusto verle, particularmente a la entrada de la primavera. No lejos hallábase situada la casa del dueño, y allá vivía Dolores, novia mía.

Tenía mi novia apenas diez y nueve años, y era una niña muy hermosa. Sus mejillas se parecían a las flores del peral. En la primavera y allí, bajo aquel árbol, fué donde yo le dije a ella:

—Dolores mía, ¿cuándo celebraremos nuestras bodas?

Todo en ella sonreía: sus hermosos cabellos con los cuales jugaba el viento, el talle de diosa, el desnudo pie aprisionado en pequeños zapatos, las lindas manecitas que atraían hacia sí la colgante rama para aspirar las flores, la pura frente, los blancos dientes que asomaban entre sus labios rojos,—todo en ella era bello. ¡Ah, cuánto la amaba! A mi pregunta contestó con un rubor que la hacía mas encantadora todavía: