—Cuando empieza la próxima cosecha nos casaremos, si es que no te toca ir al servicio del rey.

Llegó la época de las quintas. Llegó mi turno y saqué el número más alto. Pero Vicente, mi mejor amigo, tuvo la mala suerte de salir de soldado. Le hallé llorando y diciendo:

—¡Madre mía, mi pobre madre!

—Consuélate, Vicente, yo soy huérfano, y tu madre te necesita. En tu lugar me marcharé yo.

Cuando fuí a buscar a Dolores bajo el peral, encontréla con los ojos humedecidos de lágrimas. Nunca la había visto llorar, y aquellas lágrimas me parecieron mucho más bellas que su adorable sonrisa. Ella me dijo:

—Has hecho muy bien; tienes un corazón de oro. Véte, Jaime de mi alma; yo esperaré tu regreso.

—¡Paso redoblado! ¡Marchen!

Y de un tirón nos metimos casi en las narices del enemigo.

—¡Jaime, manténte firme y no seas cobarde!