Entre las densas nubes de humo negro que oprimían mi pecho descubrí las relucientes bocas de los cañones enemigos, que clamaban a la vez, produciendo grandes destrozos en nuestras filas. Por dondequiera que pasaba, se deslizaban mis pies en sangre aún caliente. Tuve miedo y miré atrás.

Detrás estaba mi patria, el pueblo y el peral cuyas flores se habían convertido en sabrosas frutas. Cerré los ojos y vi a Dolores que rogaba a Dios por mí. No tuve ya miedo. ¡Héme aquí hecho un valiente!

—¡Adelante!... ¡fuego!... ¡a la bayoneta!

—¡Bravo, valiente soldado! ¿Cómo te llamas?

—Mi general, me llamo Jaime, para servir a vuestra señoría.

—Jaime, desde este momento eres capitán.

¡Dolores! Dolores querida, vas a estar orgullosa de mí. Habiendo terminado la campaña victoriosa para nosotros, pedí mi licencia. Henchido el pecho de gratas ilusiones emprendí mi viaje. Y aunque la distancia era larga mi esperanza la hizo corta. Ya casi he llegado. Allá abajo, trás de ese monte, está mi país natal. Al pensar que pronto las campanas repicarán por nuestra boda empiezo a correr. Ya descubro el campanario de la iglesia, y me parece oír el repicar de las campanas.

En efecto, no me engaño. Ya estoy en el pueblo, pero no veo el peral. Me fijo mejor, y noto que ha sido cortado, según parece, recientemente, pues en el suelo y en el sitio donde antes estaba aparecen algunas ramas y flores esparcidas aquí y allá. ¡Qué lástima! ¡Tenía tan hermosas flores! ¡He pasado momentos tan felices cobijado en su sombra!

—¿Por quién tocas, Mateo?

—Por una boda, señor capitán.