Mateo ya no me conocía, sin duda.

¿Una boda? Decía verdad. Los novios entran en este momento en la iglesia. La prometida es—Dolores, mi Dolores querida, más risueña y encantadora que nunca. Vicente, mi mejor amigo, aquél por quien me sacrifiqué, es el esposo afortunado. A mi alrededor oía decir:

—Serán felices, porque se aman.

—Pero ¿y Jaime?—preguntaba yo.

—¿Qué Jaime?—contestaban. Todos me habían olvidado.

Entré en la iglesia, me arrodillé en el sitio más oscuro y apartado, y rogué a Dios me diera fuerzas para no olvidarme de que era cristiano. Hasta pude orar por ellos. Terminada la misa me levanté, y dirigiéndome al lugar donde había estado el peral, recogí una de las flores que en el suelo hallé,—flor ya marchita. Entonces emprendí mi camino sin volver la cabeza atrás.

—Ellos se aman. ¡Que sean muy dichosos!—pude aún decir.

—¿Ya estás de vuelta, Jaime?

—Sí, mi general.

—Oye, Jaime. Tú tienes veinticinco años y eres capitán. Si quieres, te casaré con una condesa.