Á pesar de todos los cuentos que apropósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repetían unos á otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único más positivo que de ellos resulto, se redujo entonces á una dosis de miedo más que regular, que cada uno de por si se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.
Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que á lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda. Con el permiso de Dios y á fin de hacer purgar á la comarca algunas culpas, volvió á tomar cartas en el asunto.
Desde este momento las fábulas, que hasta aquella epoca no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron á tomar consistencia y á hacerse de día en día mas probables.
En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido observar un extraño fenómeno.
Entre las sombras, á lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar á aparecer para alejarse en distintas direcciones unas luces misteriosas y fantásticas cuya procedencia nadie sabía explicar.
Esto se repitió por tres ó cuatro noches durante el intervalo de un mes; y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres ó cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios, pusieron en alarma todo el territorio en diez leguas á la redonda.
Ya no quedó duda alguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.
Estos, que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que, aún en el día, se dilata á lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente á la llanura, donde á éste quiero á éste no quiero, no dejaban títere con cabeza.
Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas á pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos[1] en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados[2] sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas.