—Cuélguese, les dijeron, la armadura en la plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa, fuerza le serà el abandonarla ó ahorcarse con ella.
Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución, volvieron á reunirse en concejo, mandaron levantar una altísima horca en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron á la cárcel por la armadura, en corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso requería.
Cuando la respetable comitiva llego al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con las lágrimas en los ojos:
—Perdón, señores, perdón!
—Perdón!; ¿Para quién? dijeron algunos; ¿para, el diablo, que habita dentro de la armadura del señor del Segre?
—Para mí, prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones; para mí... porque las armas... han desaparecido.
Al oir estas palabras, el asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico, que, mudos é inmóviles, hubieran permanecido en la posición en que se encontraban, Dios sabe hasta cuando, si la siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez:
Perdonadme, señores, decía el pobre alcaide; y yo no os ocultaré nada, siquiera sea en contra mia.
Todos guardaron silencio, y él prosiguio así: