—Yo no acertaré nunca á dar la razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble personaje, á quien tal vez altas razones de conveniencia pública no permitían ni descubrir ni castigar.

En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron á la cárcel traídas del concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterio en ellas había, me levantaba poco á poco y aplicaba el oido á los intersticios de la ferrada puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.

En vano procuré observarlas á través de un pequeño agujero producido en el muro; arrojadas sobre un poco de paja y en uno de los más obscuros rincones, permanecian un día y otro descompuestas é inmóviles.

Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mí mismo de que aquel objeto de terror nada tenia de misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas, y no cuidando siquiera—tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento—de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos, la luz de mi linterna se apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron á chocar, y mis cabellos á erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había oído como un ruido de hierros, que se removían y chocaban al unirse entre las sombras.

Mi primer movimiento fué arrojarme á la puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas, sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta-con un guantelete, que después de sacudirme con violencia me derribó sobre el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido, y recordando sólo que despues de mi caída, había creído percibir confusamente como unas pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco á poco se fué alejando hasta perderse.

Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo, al que siguió luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.

Trabajo costó á los más pacificos el contener al pueblo que, furioso con la novedad, pedía á grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.

Al cabo logróse apaciguar el tumulto, y comenzaron á disponerse á una nueva persecución. Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.