Al cabo de algunos días, la armadura volvió á encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé,[1] la cosa no era ya muy difícil.

[Footnote 1: San Bartolomé. See p. 29, note 2.]

Pero aún quedaba algo por hacer: pues en vano, á fin de sujetarlo, lo colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por esos mundos. En cuanto las desunidas armas veían dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían á tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo.

Aquello era el cuento de nunca acabar.[1]

[Footnote 1: Aquello era el cuento de nunca acabar = 'It was a never-ending story.' One of the sort that seems to reach a climax only to begin over again.]

En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre sí las piezas de la armadura, que acaso por la centésima vez se encontraba en sus manos, y rogando[1] al piadoso eremita, que un día los iluminó con sus consejos, decidiera lo que debía hacerse de ella.

[Footnote 1: y rogando. A careless and incorrect construction which leaves the sentence incomplete. Better y rogaron. Notice the omission of the conjunction que before the subjunctive decidiera. This is a frequent Spanish usage.]

El santo varón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de una caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundiesen las diabólicas armas, y con ellas y algunos sillares del castillo del Segre, se levantase una cruz.

La operación se llevo á término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor el animo de los consternados habitantes de Bellver.

En tanto que las piezas arrojadas á las llamas comenzaban á enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban[1] como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide de sus encendidas lenguas, y se retorcían crujiendo como si una legión de diablos, cabalgando sobre ellas, pugnasen por libertar á su señor de aquel tormento.