—Lo fué, prosiguió el monje ... hace mucho tiempo. ... Á su último señor, según cuentan, se le llevó el diablo; y como no tenía á nadie que le sucediese en el feudo, los condes soberanos[1] hicieron donación de estas tierras á los religiosos de nuestra regla, que están aquí desde hará cosa de ciento á ciento veinte años. Y vos ¿quién sois?

[Footnote 1: condes soberanos. See p. 121, note 1, and p. 123, l. 22.]

—Yo ... balbuceó el barón de Fortcastell, después de un largo rato de silencio; yo soy ... un miserable pecador, que arrepentido de sus faltas, viene á confesarlas á vuestro abad, y 15 á pedirle que le admita en el seno de su religión.

[LAS HOJAS SECAS]

El sol se había puesto: las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban á amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frio de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas á mis pies.

Yo estaba sentado al borde de un camino,[1] por donde siempre vuelven menos de los que van.

[Footnote 1: un camino. The road to the cemetery.]

No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba á punto de lanzarse al espacio, como el pajáro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.

Hay momentos en que, merced á una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.