—¡Friolera! añadió el montero en tono de zumba: es el caso, que sin haber nacido en Viernes Santo[1] ni estar señalado con la cruz,[2] ni hallarse en relaciones con el demonic, á lo que se puede colegir de sus hábitos de cristiano viejo, se encuentra sin saber cómo ni por dónde, dotado de la facultad más maravillosa que ha poseído hombre alguno, á no ser Salomón,[3] de quien se dice que sabía hasta el lenguaje de los pájaros.

[Footnote 1: Viernes Santo = 'Good Friday,' the Friday of Holy Week, anniversary of the death of Jesus Christ. Friday has long been considered an unlucky day, and Good Friday, in spite of its name, has been regarded by popular superstition as a fatal day. One born on that day might have particular aptitude for witchcraft.]

[Footnote 2: señalado con la cruz = 'marked with the cross.' The reference here is doubtless to a birth-mark in the form of a cross, which would indicate a special aptitude for thaumaturgy or occultism. This might take the form of Christian mysticism, as in the case of St. Leo, who is said to have been "marked all over with red crosses" at birth (see Brewer, Dictionary of Miracles, Phila., 1884, p. 425), or the less orthodox form of magic, as is suggested here.]

[Footnote 3: Salomón = 'Solomon.' "A famous king of Israel, 993–953 B.C. (Duncker), son of David and Bathsheba.... The name of Solomon, who was supposed to have possessed extraordinary magical powers, plays an important part in Eastern and thence in European legends," Century Dict. "His wisdom enabled him (as legend informs us) to interpret the speech of beasts and birds, a gift shared afterwards, it was said, by his descendant Hillel (Koran, sura 37, Ewald, Gesch. Isr., iii, 407)." M'Clintock and Strong, Cyclopedia of Biblical, Theological, and Ecclesiastical Literature, N.Y., 1880, vol. ix, p. 871.]

—¿Y á qué se refiere esa facultad maravillosa?

—Se refiere, prosiguió el montero, á que, según él afirma, y lo jura y perjura por todo lo más sagrado del mundo, los ciervos que discurren por estos montes, se han dado de ojo para no dejarle en paz, siendo lo más gracioso del caso, que en más de una ocasión les ha sorprendido concertando entre sí las burlas que han de hacerle, y después que estas burlas se han llevado á término, ha oído las ruidosas carcajadas con que las celebran.

Mientras esto decía el montero, Constanza, que así se llamaba la hermosa hija de don Dionís, se había aproximado al grupo de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de éstos se adelantó hasta el sitio en donde el zagal daba de beber á su ganado, y le condujo á presencia de su señor, que para disipar la turbación y el visible encogimiento del pobre mozo, se apresuro á saludarle por su nombre, acompañando el saludo con una bondadosa sonrisa.

Era Esteban un muchacho de diecinueve á veinte años, fornido, con la cabeza pequeña y hundida entre los hombros, los ojos pequeños y azules, la mirada incierta y torpe como la de los albinos, la nariz roma, los labios gruesos y entreabiertos, la frente calzada, la tez blanca pero ennegrecida por el sol, y el cabello que le caía en parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en guedejas ásperas y rojas semejantes á las crines de un rocín colorado.

Esto, sobre poco mas ó menos, era Esteban en cuanto al físico; respecto á su moral, podía asegurarse sin temor de ser desmentido ni por él ni por ninguna de las personas que le conocían, que era perfectamente simple, aunque un tanto suspicaz y malicioso como buen rústico.

Una vez el zagal repuesto de su turbación, le dirigió de nuevo la palabra don Dionís, y con el tono más serio del mundo, y fingiendo un extraordinario interés por conocer los detalles del suceso á que su montero se había referido, le hizo una multitud de preguntas, á las que Esteban comenzó á contestar de una manera evasiva, como deseando evitar explicaciones sobre el asunto.