[Footnote 2: conchas = 'shells.' During the Middle Ages pilgrims often ornamented their clothing with shells, particularly with scallop-shells, to indicate doubtless that they had crossed the sea to the Holy Shrine in Palestine; for this reason the scallops were known as "pilgrim shells." See the Encyclopedia Americana ("Shell"). According to one of the legends the remains of St. James were brought to Spain in a scallop-shell; hence the use of that emblem by pilgrims to his sanctuary.]
[Footnote 3: Santiago = 'St. James,' the patron saint of Spain. A legend of about the twelfth century tells us that the remains of St. James the Greater, son of Zebedee, after he was beheaded in Judea, were miraculously brought to Spain and interred in a spot whose whereabouts was not known until in the ninth century a brilliant star pointed out the place ('campus stellae'). The cathedral of Santiago de Compostela was erected there, and throughout the Middle Ages it was one of the most popular pilgrim-resorts in Christendom.]
Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mordían el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y discordes, flotaban á intervalos como un soplo de brisa armoniosa los lejanos acordes de la música del sarao.
Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecia a su vez un cuadro, si no tan fantástico y caprichoso, más deslumbrador y magnífico.
Por las extensas galerías que se prolongaban á lo lejos formando un intrincado laberinto de pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el encaje, por los espaciosos salones vestidos de tapices, donde la seda y el oro habían representado, con mil colores diversos, escenas de amor, de caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos, sobre los cuales vertían un mar de chispeante luz un sinnúmero de lámparas y candelabros de bronce, plata y oro, colgadas aquéllas de las altísimas bóvedas, y enclavados éstos en los gruesos sillares de los muros; por todas partes á donde se volvían los ojos, se veían oscilar y agitarse en distintas direcciones una nube de damas hermosas con ricas vestiduras, chapadas en oro, redes de perlas aprisionando sus rizos, joyas de rubíes llameando sobre su seno, plumas sujetas en vaporoso cerco á un mango de marfil, colgadas del puño, y rostrillos de 'blancos encajes, que acariciaban sus mejillas, ó alegres turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas de seda, borceguíes de tafilete, capotillos de mangas perdidas y caperuza, puñales con pomo de filigrana y estoques de corte, bruñidos, delgados y ligeros.
Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real llamaba la atención por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos encantos eran asunto de las coplas de los trovadores más versados en la ciencia del gay saber; á la que se volvían con asombro todas las miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones, alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche. Los que asistían de continuo á formar el séquito de presuntos galanes de doña Inés de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, á pesar de su carácter altivo y desdeñoso, no desmayaban jamás en sus pretensiones; y éste, animado con una sonrisa que había creído adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor ó una promesa remota, cada cual esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos había dos que más particularmente se distinguían por su asiduidad y rendimiento, dos que al parecer, si no los predilectos de la hermosa, podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón. Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.
Ambos habían nacido en Toledo; juntos habían hecho sus primeras armas, y en un mismo día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés, se sintieron poseídos de un secreto y ardiente amor por ella, amor que germinó algún tiempo retraído y silencioso, pero que al cabo comenzaba á descubrirse y á dar involuntarias señales de existencia en sus acciones y discursos.
En los torneos del Zocodover,[1] en los juegos florales de la corte, siempre que se les había presentado coyuntura para rivalizar entre sí en gallardía ó donaire, la habían aprovechado con afán ambos caballeros, ansiosos de distinguirse á los ojos de su dama; y aquella noche, impelidos sin duda por un mismo afán, trocando los hierros por las plumas y las mallas por los brocados y la seda, de pie junto al sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas é ingeniosas, ó epigramas embozados y agudos.
[Footnote 1: El Zocodover. A small, quaint, three-cornered plaza, with two sides straight and the third curved, surrounded by buildings with rough arcades shading the shops on the ground floor. It used to be the scene of tournaments and bull-fights, as well as being the market-place, as it is to-day. "The life of the city then (after the Christian conquest), as now, spread from the Zocodover, word of inexplicable charm, said to be Arabian and to signify 'Place of the Beasts.' Down the picturesque archway, cut in deep yellow upon such a blue as only southern Europe can show at all seasons, a few steps lead you to the squalid ruin where Cervantes slept, ate and wrote the Ilustre Fregona. So exactly must it have been in the day Cervantes suffered and smiled, offering to his mild glance just such a wretched and romantic front." H. Lynch, op. cit., pp. 119–120]