Aun brotando sangre de su corazón,
Se acerca y le dice, su diestra tendida,
Que impávido estrecha también Montemar:
«—Al fin, la palabra, que disteis, cumplida,
Doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya;
«Mi muerte os perdono.—Por cierto, Don Diego,
Repuso Don Félix tranquilo a su vez,
Me alegro de veros con tanto sosiego,
Que a fe no esperaba volveros a ver.