Ajaron del dolor los Aquilones:
Sola, y envilecida y sin ventura,
Tu corazón secaron las pasiones,
Tus hijos, ¡ay! de ti se avergonzaran,
Y hasta el nombre de madre te negaran.
Los ojos escaldados de tu llanto,
Tu rostro cadavérico y hundido,
Único desahogo en tu quebranto,
El histérico ¡ay! de tu gemido: